Emacs es una estación de trabajo de fantasía
Llevo tiempo usando Emacs y si algo me ha enseñado es a no conformarme.
Cada vez que abro mi configuración descubro algo que puedo hacer mejor, un atajo que no conocía, un paquete que cambia mi forma de trabajar. Me ha enseñado a desarrollar paciencia, a no tomar el camino fácil, porque nada funciona a la primera: leo, pruebo, rompo, arreglo. Y en ese proceso, sin darme cuenta, voy construyendo algo que es únicamente mío. Moriré sin tener la configuración perfecta, y eso es bueno.
Esto ha cambiado mi percepción del propio software. Para mí, Emacs ya hace mucho tiempo que dejó de ser un simple editor (o un intérprete de Elisp, no es necesario entrar en tecnicismos). Lo vivo como un protocolo entre mis herramientas y yo. Una máquina virtual que añade una capa de aislamiento que me permite trabajar como quiero, sea cual sea el sistema operativo. Las utilidades las creo en Elisp, no en el lenguaje compatible con mi plataforma. Estoy en un entorno de desarrollo que a su vez es mi entorno de trabajo. Es raro y a la vez maravilloso.
Luego está la comunidad. He conocido a más gente gracias a Emacs, o Org Mode, que cualquier otra plataforma o lenguaje de programación. Está lleno de talento y enamorados del editor. Te recomiendo explorar las listas de correo, canales IRC o el propio Org Social.
No quiero dejarte ninguna reflexión profunda, solo animarte. No es fácil ni rápido, pero si gratificante.
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